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Asistir a este 25 de Mayo como la reafirmación de un carácter nacional de nuestra identidad no es una explicación de nada, sino por el contrario, es algo que debe ser explicado. Es un punto de partida para continuar sin solución de continuidad en la búsqueda de significaciones que guiaron desde diferentes posiciones las acciones de los actores históricos, en los que nosotros mismos estamos implicados aún hoy, en tanto somos argentinos y reconocemos un origen en común.
La nación como valor histórico, producto de un proceso, es mucho más comprensible para entender desde el presente sus dificultades, sus vicisitudes, sus contradicciones reales. Nuestra nación es en sí, la resultante de un contrato por el cual debía quedar comprendida en los lineamientos de un estado que se debatió casi medio siglo con las " provincias soberanas " en la búsqueda de una estructura política y de poder para terminar paradójica e irónicamente generando un estado federal bajo la hegemonía de un ciudad capital que hoy es, como lo era en 1810, ciudad autónoma y reinante.
Por todo esto es necesario rever sin pausas esa historia que poco a poco va despertándose de las hojas doradas de los libros consagrados. No para cuestionarla sin sentido sino para conocerla en profundidad, no para desprestigiarla sino para acreditarle todos sus valores, no para silenciarla sino para permitirle que siga diciendo, reclamando, exigiendo, en beneficio de un pueblo que sigue creciendo en sus voces desde el aborigen de Humahuaca al obrero de Santa Cruz, desde el río mancillado por la globalización al sueño de muerte de Carlos Fuentealba. Allí se regeneran cada día las luchas, los ideales, los puños que golpean contra puertas cerradas, pero la Historia es Maestra, sólo debemos escucharla y aprender interrogándola.
No hay puerta que resista ni dignidad que se negocie ante una voluntad decidida; que es en definitiva lo que nos pasó aquel 25 de mayo de 1810 y en esa lucha andamos.
Carlos Italiano
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